Capitulo #8
Susurros de hielo
“¡Pum Pum!”
Podía oír para sí mismo la orquesta de sus perturbados nervios.
“¡¡Pum Pum!!”
Sólo para él, culpable indolente de un atentado sin remedios.
“¡¡¡Pum Pum!!!”
Fieros, cáusticos latidos de su corazón, donde un último ápice de culpa carcomía su conciencia…
Pero no duraría mucho. Caminaba lentamente, a pesar de sentir como si una carga fuese dejada atrás, como si hubiera liberado a la humanidad de una apocalíptica imperfección. Se ha topado con la puerta, posa su mano sobre el tallado marco y se recuesta con entereza. Había salvado a todos, era el honorable héroe de su pueblo. Sin embargo ¿Qué era esa desazón, aquel sentimiento inconfundible, la presión en su pecho, la velocidad de sus latidos? No hacía mal a nadie… que lo tenía tan nervioso… Continuó su marcha, inseguro, llegaba cada vez más cerca de los demás.
Insulsos cobardes, temerosos de lo que no se esmeraban en conocer dejaban de lado lo que les aquejaba y permanecían en calma ante la desesperación del mundo. Aquel ambiente del pueblo lo relajaba, poco a poco iba olvidando lo que hizo y se dejó embaucar por la sinfónica ignorancia que toda su vida había atesorado.
Su ético, etéreo rival, le acosaba sin piedad. Ráfagas del frío viento de invierno le hacían caer. Tiritaba, se retorcía de ira al sentirse tan inútil ante la helada mascarada. Aquel clima era lo único que podría martirizar el cuerpo del pobre Jake, azorado de instintos y pensamientos racionales. El suave viento le traía la voz de su hermano en la lejanía, distante, perdida, rogando ser escuchada por una mínima instancia de vida.
Aguzó el oído y tratando de escuchar lo mejor posible siguió su marcha en el blanco paisaje, indómito y sin rastro alguno de existencia. Solo blanco, blancas paredes insensibles a la temperatura que le aquejaba, burlonas ante su debilidad evidente. Casi reían de forma maniática para evitar que escuchara la débil voz de su hermano.
Menos que un susurro, eso percibía en el viento rabioso que asediaba su camino. Las piernas terminaron de fallarle, se derrumbó sin remedio sobre el piso, no estaba frío, era madera cubierta de acolchada felpa. No lo notó. Esperaba que esa voz retomara fuerzas, aunque fuera en su memoria, para no desfallecer pensando que ya no podría escucharlo más.
Su pecho vibraba con la innegable sensación del calor en sus entrañas. Aquel frío despertaba esos instintos, poco a poco aquella estrecha cavidad en torno a sus pulmones se fue expandiendo, imperdonablemente cálida. Para ese tiempo quedaban segundos antes de que todo su interior empezara a arder y calcinarse lentamente en el fuego que nunca debió encenderse.
“Drake siempre me ha cuidado de esto… él no dejaría nunca que me quemara por dentro yo solito” pensó con tristeza antes de de recapacitar “¡A este punto debería estar muerto! Entonces esto… no es real…”
Somnolienta su azuzada mente fue abriéndose al mundo donde él estaba. El rumor de voces familiares, el tieso, helado aire de la estación y el acogedor trecho donde su cuerpo yacía poco a poco fueron despertando sus sentidos. Escuchaba, olfateaba, sentía. Pero aun no abría sus ojos, no, sabía que él estaría justo frente suyo, respirando cerca, pendiente de todo.
Sin embargo… Jake se sentía sudar, y era imposible que al verle así su hermano no reaccionara. No tenía sentido que aquel que velara día y noche por su persona no pudiera notar que estaba bañado en sudor, aun con una noche bastante fría como la que pasaba. Sólo con notarlo respiró rápidamente, desesperado, sorprendido por lo que le atormentaba.
Súbito abrió los ojos con fiereza para encontrar un suave y preocupado rostro a su vera. Delicado en cada detalle, de tersa piel blanca y afables ojitos color miel. Le miraba inquietada, quizás con terror al verle tan alterado en lo que solía ser un reposado sueño.
Elena se había zafado de la seguridad que le mantenía “cautiva”. Sabía que sus hermanas y su padre buscaban protegerla, pero era una exageración tenerla completamente vigilada. Pudo escabullirse y llegar con Jake… pero no estaba con su hermano. Llevaba un rato vigilándole, esperando que despertara para preguntarle ¿qué pasaría ahora? El valle era atacado ¿No harían nada para protegerlo? ¿Dónde estaba su hermano?
En cambio sólo encontró a Jake, desconcertado y sin la menor idea del paradero de su hermano. Parándose con dificultad se sentó al lado de la chica, que reposada esperaba por lo menos alguna respuesta. La mirada del niño se lo dijo todo. Sus ojos de lucero brillaban con una tristeza única, su preocupación era real. La damita lo comprendió y prefirió guardarse para sí esas preguntas aunque fuera un poco más.
Con gentileza le ofreció la manta que traía, aun cuando vio que el niño estaba sudando. Jake la aceptó de inmediato tratando de no mostrar su desespero. Buscó su boina blanca, se la acomodó y terminó de cubrirse con la manta. De inmediato se levanto y, ojeando el lugar, caminó en busca de su hermano gemelo. La chica lo imitó, también estaba intrigada por el paradero de Drake.
No llegaron a la mitad del salón cuando en el tumulto de personas chocaron con el hotelero. Raffaello venía corriendo luego de bajar las escaleras y a medio mundo preguntaba, nadie parecía responderle claro. Ofuscado prefirió buscar a toda prisa en el lobby. En su apuro dejó en el suelo al niño y por poco derrumba también a Elena.
-Eh… Chicos lo siento… yo… ¿No han visto a Susy? –preguntó con preocupación y con un oculto tono histérico continuó –La perdí de vista unos segundos creyendo que estaba con sus amigas en el segundo alto pero cuando fui a buscarla no la encontré por nada allá arriba y cuando pregunto resulta que ¡nadie la ha visto en unas horas!
-¡Ohh no, Susy también! –se lamentó Elena, ignorando por completo que ella misma estaba desaparecida para sus hermanas.
‘Si ninguno esta, sí pueden estar juntos…’ pensó Jake al instante, conociendo la inocencia de su hermano bien que podría estar a la merced de Susy.
-Tampoco encontramos a mi hermano Drake… -explicó pausadamente para que el exaltado hotelero lo escuchara –¡Puede ser que están juntos en alguna parte!
-¡¿Tú… tú crees que sea así?! –clamó el preocupado padre con una sonrisa en su rostro, una extraña tranquilidad se apoderaba de él.
-Sí, tienes mucha razón. Y si no está con sus amigas debe ser que encontró alguien más para jugar, bien que podría ser el niño que conoció hoy –apoyó Elena que conocía a la chiquita más que Jake.
-Pues la vida me ha enseñado que nada es imposible, mejor buscamos juntos ¿No le parece? –terminó de convencerle, para calma final del hotelero ahora tenía a dos jóvenes comprometidos en su afanada búsqueda.
Suspiro, dolor, frío. Sus heladas manos y raspadas rodillas estaban casi sujetas al piso, donde el ínfimo aire cálido del exterior aun se recordaba. Las sentía entumecidas, quemadas por el glacial frescor. No le rodeaba el blanco, sino la escarcha de las férreas paredes que le resguardaban y los suaves matices metálicos que no llegaban a caer ante la temperatura.
En un denuedo forzado usó un poco de fuego para separar sus extremidades del suelo. Tan frío era que ni siquiera sintió las pequeñas ascuas que le liberaron los pantalones y mucho menos las de sus manos. Una vez liberado se acomodó de cuclillas para poder tratarlas. Al verlas enrojecidas recordó muchos inviernos del pasado. Dolían, pero era lo de menos. No tenía nada consigo que pudiera curarle.
Finalmente, ante la inevitable situación, pudo ver lo que le rodeaba. Gélidas paredes de hierro, rejillas metálicas acomodando estantes, soportes para carne, repletos de perniles y aves congeladas, cajas de helado agrupadas a lo lejos, un arca de madera oscura para los maricos y aquella plazoleta limpia de todo que se formaba frente a la puerta. Para llegar al resto, sólo pasillos estrechos. Cerca del fondo, una tenue luz eléctrica, lo suficientemente dañada para permanecer encendida con la puerta cerrada. Y al final de su propia vista una niñita tiesa, paralizada, aterrada.
-¡Ahh…! –gimió agudamente con tristeza al sentir por fin el claustro que les encerraba.
Drake la miró con calma y luego suspiró cansino. No estaba solo, tenía una niñita de 5 años con él. Susy no tenía idea de qué hacer, sabía que gritar era inútil pues las paredes no dejaban oír nada desde el exterior ni del interior, sería una pérdida de aliento. Tratar de tumbar la puerta era otra locura sin cabida, ni siquiera el niñito con sus poderes de dragón podría hacerlo. Lo único aparente que podían hacer era esperar, a ver si alguno se le ocurre buscarlos dentro de ese inmenso refrigerador ¿Realmente le quedaban otras opciones?
Al final caminó un poco hasta donde estaba el niño pero al ver como se examinaba las manos corrió para examinarlas. De inmediato la despreocupó, diciendo que no era nada, que él estaría bien. No le mentía en absoluto.
La infante perdió el interés por esas quemaduras y pasó a ver de nuevo todo el congelador, como si de la nada una nueva salida fuera a aparecerse frente a ella. Su compañero se puso en pie e hizo lo mismo con la mirada, era difícil ver bien con tan poca luz y el inevitable aliento tibio que con cada respiración salía a relucir.
Susy, ya convencida de que no había más salidas pensó en compensarse el encierro. Caminó hasta los helados y tomó el único envase de Chocoalmendra que quedaba en el congelador. Drake lo notó y estaba a punto de decirle que no se lo comiera, que era más importante mantener el cuerpo caliente, además de guardarlo para cuando realmente tuvieran hambre. Sin embargo no pudo llegar a decir nada, lo que vio le hizo dudar.
-¡Este es un mal, mal día! –lloriqueó desconsolada la pequeña con los ojos tristes y la frustración en su voz –Mi cena se interrumpió, cayeron rocas del cielo, todo el pueblo tiene que dormir en mi casa y al fin cuando encuentro en que entretenerme alguien me encierra en el congelador… para empeorarlo ahora me entero que sólo queda un poquitísimo del helado que me gusta, ni siquiera llena un vasito-.
Drake la miró asombrado, no creía que una pequeña de su edad pudiera guardar tantas inquietudes. Él también estaba empezando a preocuparse. Si no salen pronto, el refrigerado aire hará sucumbir sus cuerpos y sin algo de calor no podrían sobrevivir mucho. De a milagro tenían algo de luz, aunque débil les permitía verse oscuramente los rostros. Y por supuesto tenían el congelador entero para ellos solos. Hasta ese instante el joven no lo notó.
-Tráelo hasta aquí, por favor –le indicó suavemente guardando todo rastro de sus preocupaciones, por nada del mundo perturbaría a la encantadora pequeña.
Ella lo miró extrañada, aun temerosa. Pero no tenía opciones. Con pasos rápidos, inseguros, llevó el envase medio vacío hasta el niño. Drake le agradeció con palabras simples, seguía inexpresivo y taciturno pero con una idea en mente que realmente les salvaría la vida.
Pensativo hizo realidad la pesadilla de Susy. Un acto atroz en todo el sentido de su mentecita, la cual el frío no le dejó siquiera reaccionar ante lo que veía. De no ser por las inhumanas condiciones que los rodeaba ella sin duda alguna hubiera odiado a Drake. Este último, sin una pizca de piedad, había tirado al suelo todo rastro del helado que quedaba en la vasija. Con un rápido movimiento de manos había desechado el tesoro de la niña y por poco su confianza de no ser por el apuro que tenía en calentarlos.
-¿Tú padre no tiene algo como grasa para cocinar? No sé… ¿Manteca? –fue la inusual pregunta que salvó su reputación.
Susy estaba tan atónita por lo que oía que no le dio por tomarla contra él, pegarle, arañarle, arrastrarle de las alas y gritarle en el oído, rasgar sus ropas y luego usarlas para que él no pudiera recuperarlas. Se quedó pensando buen rato, incluso pateaba un poco el congelado piso mientras meditaba.
-Pues sí… creo que cerca de los helados están un par de potes de manteca y margarina… -dijo al fin viendo como el andariego niño rebuscaba en el congelador.
Sin perderse de su vista había caminado un par de metros, analizando cada parte del congelador. Revisó cuanto pudo pero quedó petrificado frente a la cajeta que resguardaba los pescados. Sin martirizarse mucho elevó su garra y de un zarpazo consiguió la madera que necesitaba. Un par de pescas y una bolsa de camarones quedaron por los suelos, pero prefería el desorden a morirse de frío.
Volvió hasta la niña mirándola con dulzura, ella se había olvidado de la grasa que pidió. Susy, tan rápido como pudo, trajo un pote mediano de mantequilla y una barra suave en cuya etiqueta leía “Manteca”, estaba impaciente por saber para que sirvieran. Mientras el niño ya tenía un cuarto de los tablones hechos astillas y acomodados en el envase de helado. A penas llegó la pequeña, él tomó una astilla algo plana y con esa colocó parte de la mantequilla dentro de su inusitada antorcha. El resto de la mantequilla y la manteca la untó en los demás tablones. Finalmente los acomodó en pirámide sobre el recipiente, antes de sentarse a ver como estaba quedando todo.
Su compañera no estaba demasiado segura, pero en serio que nada podía hacer excepto ayudarle y confiar en él. Ese pensamiento era lo que la mantenía calladita y tiritando por lo bajo. Podía verlo armar esa pira y estaba casi segura de que la encendería con el mismo fuego que usó para calmar a todos hacía unas horas.
-Susy… no te asustes por lo que voy a hacer… -declaró Drake con una voz tan seria que la pequeña dejó de tiritar.
-¿Pero qué…? –alcanzó a decir antes de que el frío volviera a embaucarla.
-Realmente no lo sé –dijo con un tono más jovial –Es que a mi hermano no le gusta que lo haga…
Con estas últimas palabras dio un paso atrás, cerró sus ojos y paulatinamente inclinó su torso hacía adelante. Sin cambiar su posición empezó a respirar con fortaleza y constancia, llenando sus pulmones de aire y luego vaciándolos rápidamente. Los hombros se le movían rítmicamente en cuanto las cinco grandes respiraciones que dio habían cesado. La última no la liberó sino que se levantó de nuevo y con la fuerza de ese aire movió todo el interior de su pecho.
Sus bolsas de vuelo llenas, sus pulmones igual, su sistema digestivo y costillas ayudando con la presión del aire, con la caldera apagada retraía es cavidad, seleccionando un tesoro como sólo un dragón podría hacerlo. Una vez acomodado todo se dispuso a liberar el aire que tenía arqueando su espalda para atrás y cambiando el aire de sus pulmones con el de las bolsas, no sea que se quedara sin oxígeno en un momento como ese. Aunque para él fuera algo normal su cuerpo parecía retorcerse como poseído.
Ya tenía preparado lo que deseaba recuperar e incluso lo sentía claramente subir por su esófago. Volvió a intercambiar los aires, aumentando cuanto pudo la presión. De inmediato comenzó a palpar su cuello y en una tos espantosamente calculada elevó hasta sus fauces lo que parecía el más extraño y tracalero truco que podía tener escondido bajo su pecho.
Su cuerpo volvió a relajarse. Acercó la mano hasta su boca y embebecido en los resultados tomó lo que tanto esfuerzo le había costado sacar de sí. Recubierto de aquella serosidad que le resguardaba las entrañas, no más grande que una aceituna estaba una piedrita ovalada.
No parecía tener nada en especial, excepto su origen y donde el niño la tenía guardada, a pesar de que podría confundirse con cualquier guijarro del camino tenía una química fuera del orden entendido por los que habitaban ese pueblo.
Susy no salía de su asombro… ¿Tanta maroma por una piedra? Ella esperaba que hiciera una magia rara o por lo menos lanzara fuego. Sin embargo él sonreía satisfecho. Sostenía su premio con cuidado mientras lo colocaba en la base de su antorcha. Luego pidió a la pequeña que se alejara y con un buen respiro hizo lo que tanto esperaba su compañera de claustro.
Una diminuta, improvisada flama salió de su boca en dirección a la antorcha, pero se detuvo justo antes de llegar. Drake tenía el pecho frío y por mucho que tratara de mantener aquel fuego esa era su máxima capacidad, el escarchado aire estaba en su contra. Más a dicho fuego no le valió acercarse unos centímetros antes de que la piedrita ardiera en llamas.
Doloroso crepitar, fulgor inmediato y una onda de calor los invadió. Por poco tumba a la niña, que alegremente estiró sus brazos para sentir el ardor de ese fuego aunque lo que sentía era el velo humeante de onda de calor. Las primeras llamas que pudo ver eran amarillentas y sólo se apreciaron unos segundos antes de que unas bellas llamas escarlatas refulgieran en su lugar. En el centro de todo, justo alrededor de la piedrita, las flamas eran azules, desde índigo hasta un electrizado celeste de leyenda.
El hermoso fuego y su imperceptible humo eran un espectáculo realmente cautivador, en especial por lo agradable de su calor. Drake olfateó un poco la cortina de niebla que había dejado la onda de calor y, con una concentración única, movió sus asaduras para encender el fuego de su interior. En segundos su caldera estaba tan caliente que el pecho se le enrojeció y lentamente comenzó a exhalar humo por su nariz.
Sabía que no había problema, el sistema de aire helado que usaba aquel congelador gradualmente cambiaría el humo de su pecho por aire externo. Una vez visto que no sucumbirían ante el frío, acomodó su larga gabardina y, usando el borde inferior de tapete, se sentó cerca de la fogata. El calor evitaría que la tela se quedara pegada al piso como antes. Con las piernas extendidas y sus alas de escudo, invitó a la pequeña a que se acomodara a su lado para que recibiera el calor de la fogata y de su caldera.
De momento no se preocupó de que Susy se asustara por ver toda su falta de humanidad en pleno apogeo. Sin embargo y para su grata sorpresa, ella estaba realmente emocionada. Histérica corrió a acomodarse entre aquel refugio alado momentos antes de bombardearle con docenas de preguntas, únicas, inesperadas, sobre todo lo que una pequeña podría querer saber de su nuevo mejor amigo.
‘Y volvemos aquí…’ pensó con ironía al verse de nuevo en el bosque, rumbo a la batalla.
Este trabajo no era de nadie más que ellos, si alguno distinto llegaba a enterarse sería incapaz de creerlo. Sin embargo tampoco podían permitir que unos inconscientes aldeanos tomaran la decisión de pelear, habrían de morir incluso antes de llegar a la batalla. Ya su amada y su amigo se habían adelantado, pero él debía cerciorarse de que nada estuviera camino al pueblo.
El extenso, precioso follaje de otoño hacía juego con su traje de cacería, tal como debía ser. Los interminables arboles que dejaba atrás, los susurros de la noche que acariciaban sus oídos y la perfecta luz de luna lo acompañaban en su marcha. El corazón volvía a latirle fuerte, recordaba las legendarias cacerías que en su momento dependieron de él, la pasión de su cuerpo, la emoción de sus entrañas. Estaba reviviendo lo que esa vida de bajos perfiles le había quitado.
Aquel Hunter anhelaba volver a cazar en serio, no simples y comunes presas. Quería verdaderos desafíos, iguales a los que, en su tiempo, lo transformaron en un hombre. Tener que correr a campo traviesa sólo empeoraba su nostalgia. Había perdido su camino, dejándose corromper del mundo que poco le pedía. Continúo corriendo, emocionado como ínfimas veces tras su decaída. Casi lloraba, feliz porque nadie le quitaría su verdadera razón de ser.
No pudo notarlo, pero en ese instante ya no sintió cansancio ni tuvo problemas para atravesar la espesura del bosque. Su mente cooperaba con su cuerpo otra vez. Disimuladamente se alegró de que el valle fuera atacado, de que toda la defensa del mismo despertara y ver, por fin, un enemigo digno. Pero no todo continuo tan feliz.
-¡Sor Rosario…! -lloró amargamente en cuanto la distancia rauda y su vista aguda le mostraron aquel monolito de recuerdos.
Nadie lo encontraría jamás, aquella discreta explanada donde se erigía orgullosa una estatua blanca, inmaculada con el tiempo, imperecedera tumba para quien rozaba santidad. Solitaria pero digna, sacra sepultura que en sus aires de muerte guardaba el recuerdo de una amistad.
El cazador se acercó lento, con un respeto sólo comparable con su tristeza. Con languidez tomó su sombrero y removiéndolo de su cabeza dejó ver los azulados mechones de lacio cabello negro, garantía absoluta de su legado. Aquel chambergo pardo llegó a parar en su pecho, cruzado por el delicado hilo de su arco y la fuerte correa de cuero de su carcaj.
Se detuvo a metros del monumento y admirando cielo y tierra sintió como si volviera al pasado, a ese vivir extraño que le había conducido en su camino. Voces, suspiros, vivencias y peligros, pero por sobre todo rezos. Las incalculables plegarias que antaño conoció de una peculiar voz, dulcemente apagada, taciturna, que ni la mente más abierta podría asociarla con la alegre dama que la poseía.
Siempre recordaría las cortas frases que ella no se cansaba de repetir y menos la amistad que trabaron en sus viajes, aquellas discusiones inauditas que disfrutaban como filósofos, los entrenamientos de su grupo selecto, la simple convivencia. Añoraba discutirle sobre Azana y Dios, de cómo nunca logró hacerle entender que teóricamente eran lo mismo, de cómo siempre soñó con comprender sus rezos. Menguados corazones que dejó atrás en su partida, el cazador siempre pensó que ella debió vivir un poco más…
-Sé… que siempre creímos en cosas diferentes pero… yo siempre admiré como rezabas por nosotros… -confesó emocionado, sin poder siquiera articular un gracias.
Pero estaba seguro que ella lo sabía, siempre lo supo, en su silencio y reserva, su corazón puro y su rezo, ella jamás dudó de ellos. Se sentía algo tonto, desorientado, de la misma manera en que ella lo dejaba pensando las cosas más profundas de la vida. Sin embargo se había prestado tan impotente ante la tumba de su amiga, que de seguro era necesario recuperar su fe. Nadie más que ella lograría recordárselo tan vivamente.
En cuanto la primera lágrima dejó sus ojos, retomó el deber de marchar. No quería que su don espiritual, entristecido, llamara al alma de tan buen recuerdo para que incluso en la lejanía de la muerte ella rezara, silente, calmada, digna de ser llamada rosario. El cazador miró al cielo mientras se encaminaba al norte, acomodó su sombrero y dejó atrás aquella tumba, que en letras cinceladas en piedra decían:
Aquí yace Rosetta Benedetti
El Rosario Silente
de las Novicias de
Thule
-… -
-¿Lloras? –preguntó insensible.
-No… pero sí me siento triste… no sé cómo pero recordé a mi madre… lo sentí, como si ella fuera a cuidarnos a todos… -le respondió una voz infantil llena de genuina preocupación.
Aquella dulce nenita, entristecida por lo que no podía comprender, permanecía a su lado, acurrucada cerca del calor y resguardada por sus huesudas alas. El más joven de los Hunter la amparaba, entre el fuego que los mantenía con vida y la caldera de su pecho había logrado quitarle el frío del cuerpo pero no del alma. Él era incapaz de comprenderla, de la misma manera en la que no podía ignorar sus palabras.
-¿Pero no es algo bueno? ¿Acaso tu madre no puede?–preguntó inseguro mientras recordaba a su propia madre.
-No… ella murió cuando yo era una bebe… –recitó la pequeña Susy con angustia pero nunca con llanto –Sé… que es algo imposible lo que siento…
-La vida me ha enseñado que nada es imposible –citó sin poder controlar su boca.
La pequeña se volteó para verle la cara, absorta en aquellas palabras de sabiduría que acababa de escuchar. Vio su pecho encarnado, sus divinos ojos de lucero y el hilillo de humo que se escapaba por su nariz. Ni siquiera se alteraba por verlo tan inhumano, de alguna manera estaba más tranquila. Sus palabras, su voz alterada por el aire ardiente de su torso y aquel sentido serio, insensible, que era inevitable para él le daban una confianza distinta.
-No lo había pensado así… -musitó apenada.
-Sinceramente ha sido mi hermano el que lo pensó –confesó Drake, incapaz de mentirle a su compañerita continuó –He tratado de escucharlo pensar.
-¡¿Y puedes hablar con él sólo pensando?! –le preguntaron con emoción.
-Lo he llamado con el pensamiento… pero no he recibido respuestas dirigidas a mí… sólo reflexiones al azar… -declaró el niño con disimulo, no deseaba preocuparla más.
Ambos callaron. Un par de segundos trabados en horas, callados. Con sincronía trataban de escuchar más allá del crepitar de la grasa, el zumbido de los ambientadores de ese frío y sus propias respiraciones.
-Creo… ¡que está cerca! -confesó con una escondida emoción a penas sintió que su mente volvía a llenarse de los pensamientos de su hermano.
‘Drake siempre me ha cuidado de esto…’
‘Él no dejaría nunca que me quemara por dentro yo solito’
‘Si ninguno esta, sí pueden estar juntos…’
‘La vida me ha enseñado que nada es imposible’
‘Pues… ¡tenemos que buscar!’
Al tiempo, del otro lado de la reciente sincronía mental, estaba Jake, confundido por la equitativa incursión de pensamientos. Elena y el hotelero aun le acompañaban, además de ser los primeros sorprendidos de verlo confundido. Se tapaba los oídos y movía su cabeza de un lado al otro, pensando en acercarla al lugar donde su hermano podía estar.
Dio unos pasos hacia adelante, a todos lados y finalmente cerca de las escaleras pensando en ir al segundo piso. Estaba a punto de subir el primer escalón cuando un inaudible, alentador susurro llegó a su mente y como una luz los guió a su destino. No dio dos pisadas antes de llegar a la cocina, desesperado por fortalecer aquel llamado que inconsciente esperó.
Con sigilo revisó el lugar por partes mientras Elena y el hotelero se dedicaban a verle, sin tener la mínima idea de lo que estaba pasando. Jake estaba desahuciado, buscaba en todo lugar pero no encontraba a su hermano.
Cansado llegó al final de la cocina y trató de recostarse de la pared. Pero lo detuvo una helada presencia que, sin tocarlo, le había estremecido todo el cuerpo. Del susto terminó en el suelo, volteándose para averiguar que le había dado aquel espectral toque.
El inmenso portal de hierro que su mente había visto antes que sus propios ojos fue lo que encontró. El hotelero le levantó en el acto, sabía lo malo que era toparse con el congelador en una noche fría. Sutil pensamiento, impaciencia entera, dulce coincidencia fue lo que le robó el aliento a Jake. Ni siquiera pudo agradecer la ayuda.
Lentamente una lagrimita se deslizó por su mejilla al tiempo en que sus manos forzaban la puerta del congelador…
-¡Y listo…! ¿Ya puedes verme hermano? –escuchó pensar aunque la zozobra era demasiada para poder contestarle.
Ahí, en medio del frío cuarto, estaba su hermano. Justo frente a una fogata cálidamente apagada y con la hija del hotelero amarradita del hombro.
-¡Papi! –gritó la pequeña mientras se levantaba para abrazarlo, él había corrido por ella también.
Profundo abrazo, susurros de calma, un tierno beso. La pequeña admitió que estaba muy bien y se emocionaba de contar como el Hunter le había salvado la vida.
-¡¿Pe… pero qué?! –clamó Elena desde afuera, no podía creer que estaban dentro del congelador.
-Susy me mostraba la cocina, pero cuando entramos al congelador alguien quitó el seguro y nos cerró la puerta… -dijo Drake con toda la calma del mundo.
Al tiempo terminaba de apagar las flamas de su fogata. Aun cuando pudiera continuar ardiendo toda la noche no podían dejarla encendida dentro del congelador.
-Hermano… -dijo Jake sujetándole de los hombros y dejando entrever un tono angustioso preguntó -¿Pudiste ver quien era?
-No… lo siento… -aceptó Drake mientras regalaba un abrazo al que lo necesitaba tanto, siempre simple, conmovedor, sincero, tanto como él mismo podía ser.
-¡Yo sí! –se escuchó con un infantil tono de fiereza –Yo sí vi quien nos encerró.
Todas las miradas se posaron en Susy, quien con toda seguridad salió corriendo fuera del congelador. Precipitados se lanzaron a correr hasta el lobby, tratando de seguirle el paso a la pequeña. La más joven los guiaba entre medio pueblo con un frenesí sólo comparable al barullo que provocó.
Los presentes hacían pasarela para evitar que ella los empujara o corriera bajo sus piernas en tanto buscaba al culpable de su desgracia. Docenas de caras inocentes, un enredo general y al final una expectativa.
-¡Él es! –fue su veredicto ante las confundidas miradas que la seguían.
Ella trataba de señalarlo pero la muralla de adultos no se lo permitía. Raffaello lo notó al instante y pendiente del problema elevó a su hija en brazos para que le indicara con certeza al culpable. No fue poca su sorpresa al reconocerlo. Alto, piel blanca y ojos miel, desaliñado con sus ropas blancas parecía un fantasma que con aire nervioso trataba de alejarse.
-¡Diego! –gritó el hotelero al tiempo en que bajaba a Susy y hacía ademanes para que se acercara.
Aquel joven enredado no tuvo de otra. No entendía bien lo que pasaba con la hija de Raffa hasta el instante en que vio la inconfundible figura de los hermanos Hunter. Con el rostro pálido y pasos cada vez más lentos llegó donde estaban. El resto de los presentes había formado un círculo en torno a los niños y el hotelero, con tal de no perderse nada.
Minuto de silencio. El pueblo no sabía que pasaba, le hotelero estaba sin palabras y los hermanos no pretendían empezar a pelear.
-¡Tú…! ¡¿Por qué me encerraste en el congelador?! –sollozó Susy vuelta una fiera.
Sus ojitos estaban aguados, las lágrimas caían de su cara y los sollozos que daba se escuchaban hasta el segundo piso, en fin había aguantado mucho miedo por culpa del adolescente y pretendía que todo el mundo se enterara de eso.
La noticia cayó como una piedra en la mente de Diego. Pensó en lo que el pueblo podía pensar, el mismo pueblo ya no sabía que pensar. Los hermanos lo esperaban, de una u otra manera. Elena de no verlo no lo cree… el hotelero igual. Y Susy, alterada como sólo una niña de su edad puede fingirlo.
Los presentes murmuraban perturbados en un bisbiseo que lentamente desataba el miedo del adolescente. Diego ya temía que sus sueños de héroe estaban derrumbándose sobre sí mismo. Pensar que el mismo se hubiera ofrecido a matar al “culpable” si Raffa llega diciendo que encerraron a Susy en el congelador. Las voces pronto se volvieron gritos en su mente, cada lágrima que caía al suelo parecía un terremoto para él, su respiración era cada vez más trabajosa.
-¡Pero… Pero yo sólo lo iba a encerrar a él! –dijo finalmente el nervioso joven, queriendo quitarse un peso de encima.
Volvió el silencio, dúctil autor de las sorpresas de aquella noche. De alguna manera lo esperaban, ya fuera para escuchar, otorgar o castigar. Sin embargo antes de que cualquiera lo notara, aquel silencio se desvaneció.
Knock… Knock… justo en medio de la noche Knock… Knock… sobre la puerta del hotel aun cuando todos estaban resguardados allí Knock… Knock… repetía eternamente aquel eco del silencio.